Cuando contaba las
mujeres de su vida con una sola mano y le sobraban dedos, le habló
en futuro. Como era costumbre en aquellos tiempos nadie le hizo caso,
ni él mismo se hacía caso, era un caso...
Pero hoy a
nadie le interesa eso, hoy interesa el repicar de los dedos encima
del teclado, una colección de botellas que descansa no mas allá del
ascensor y casi ocho kilos de presión en una rueda. Todo eso es
parte del legado, de un tesoro, de un castigo que muchas orejas
tendrán que soportar. Como azotes en la espalda de un publicista al
que llamaron Jesucristo, como cogotazos en la nuca de un jóven
inquieto o como gotas de sudor que caen en un manillar. Todo eso y
nada a la vez es parte del teclado.
No es ni
mejor ni peor que otros ese legado, es simplemente diferente. Y como
hoy es su día así quedará dicho, por que bién sabe él, que si no
fuera su día ese legado sería el mejor, el más grande, el que más
brilla y el que más precio alcanza en el mercado de glorias.
Que nunca pierde y
siempre gana eso tambíen estaba escrito, en uno de los pergaminos
andalusíes que encontaron detrás de las rocas. Esas palabras no se
borrarán con el tiempo, ni desaparecerán de la memoria. Esas
palabras viajaron, viajan y viajarán por cualquier camino, a menos
que se retrase la caballería y no puedan volar. En ese caso
cambiaremos los planes pero las estratégias serán idénticas...
La fiebre que te
entra, las aceitunas que tanto alimentan y los plátanos en el
bolsillo de atrás, eso tambien estaba detrás de aquellas rocas.
Estas rocas que tanto parecen importar, son rocas que estaban
escondidas, que empezaron a verse cuando comenzó la carrera, cuando
los días eran cortos y las confesiones largas. Cuando aquellas
jóvenes muchachas sabían que la barbacoa era un simple engaño para
ser besadas, cuando la octava planta era desaogo de todos los
menesteres y cuando la traición tocó a la puerta de esos jóvenes
que residian en la ciudad...
Quiero ser médico
fue la siguiente paparruchada, pero bueno, no quedaba más que oir.
Él mismo se dió cuenta de que las agujas y escarpelos deberían ser
sustituidos por procesadores de textos y algún que otro cuaderno.
Y con mas pena que
gloria, hemos llegado a la etapa reina. Aquella que ni es larga ni
tendida, pero tampoco corta ni escarpada. Esa etapa en la que vamos a
sustituir la Victoria por la Moritz y el Sur por la Vanguarida, los
paseos en un coche gris por los viajes en una línea verde, ese verde
que sólo se veía cuando juntos subían las escaleras y giraban a la
izquierda.
Ahora que cuenta
las mujeres con un ábaco o las recuerda recurriendo a su biógrafo,
puede hablar en pasado, pero no lo hace. Si no que habla en presente,
ese presente que se escapa por una sonrisa cada vez que cuenta, qué
feliz fué junto al creador de ese legado.
- Abuelo, cuéntame esa
historia en la que Santo Varón pierde.
- Hijo mío, Santo Varón,
nunca pierde.
- Eso es mentira y lo
sabes Abuelo, el perdió lo que tenía cuando dejó de cocinar con
aceite.
- Felicidades te diría,
tienes razón. Pero nunca dejes por mentiroso a un mayor, por poco
que sea siempre nació antes que tú. Aún así Felicidades por nacer
después que yo.