lunes, 17 de septiembre de 2012

Legado andalusí


   Cuando contaba las mujeres de su vida con una sola mano y le sobraban dedos, le habló en futuro. Como era costumbre en aquellos tiempos nadie le hizo caso, ni él mismo se hacía caso, era un caso... 
   Pero hoy a nadie le interesa eso, hoy interesa el repicar de los dedos encima del teclado, una colección de botellas que descansa no mas allá del ascensor y casi ocho kilos de presión en una rueda. Todo eso es parte del legado, de un tesoro, de un castigo que muchas orejas tendrán que soportar. Como azotes en la espalda de un publicista al que llamaron Jesucristo, como cogotazos en la nuca de un jóven inquieto o como gotas de sudor que caen en un manillar. Todo eso y nada a la vez es parte del teclado. 
   No es ni mejor ni peor que otros ese legado, es simplemente diferente. Y como hoy es su día así quedará dicho, por que bién sabe él, que si no fuera su día ese legado sería el mejor, el más grande, el que más brilla y el que más precio alcanza en el mercado de glorias.
  Que nunca pierde y siempre gana eso tambíen estaba escrito, en uno de los pergaminos andalusíes que encontaron detrás de las rocas. Esas palabras no se borrarán con el tiempo, ni desaparecerán de la memoria. Esas palabras viajaron, viajan y viajarán por cualquier camino, a menos que se retrase la caballería y no puedan volar. En ese caso cambiaremos los planes pero las estratégias serán idénticas...
  La fiebre que te entra, las aceitunas que tanto alimentan y los plátanos en el bolsillo de atrás, eso tambien estaba detrás de aquellas rocas. Estas rocas que tanto parecen importar, son rocas que estaban escondidas, que empezaron a verse cuando comenzó la carrera, cuando los días eran cortos y las confesiones largas. Cuando aquellas jóvenes muchachas sabían que la barbacoa era un simple engaño para ser besadas, cuando la octava planta era desaogo de todos los menesteres y cuando la traición tocó a la puerta de esos jóvenes que residian en la ciudad...
  Quiero ser médico fue la siguiente paparruchada, pero bueno, no quedaba más que oir. Él mismo se dió cuenta de que las agujas y escarpelos deberían ser sustituidos por procesadores de textos y algún que otro cuaderno. 
  Y con mas pena que gloria, hemos llegado a la etapa reina. Aquella que ni es larga ni tendida, pero tampoco corta ni escarpada. Esa etapa en la que vamos a sustituir la Victoria por la Moritz y el Sur por la Vanguarida, los paseos en un coche gris por los viajes en una línea verde, ese verde que sólo se veía cuando juntos subían las escaleras y giraban a la izquierda.
  Ahora que cuenta las mujeres con un ábaco o las recuerda recurriendo a su biógrafo, puede hablar en pasado, pero no lo hace. Si no que habla en presente, ese presente que se escapa por una sonrisa cada vez que cuenta, qué feliz fué junto al creador de ese legado.

- Abuelo, cuéntame esa historia en la que Santo Varón pierde.
- Hijo mío, Santo Varón, nunca pierde. 
- Eso es mentira y lo sabes Abuelo, el perdió lo que tenía cuando dejó de cocinar con aceite.
- Felicidades te diría, tienes razón. Pero nunca dejes por mentiroso a un mayor, por poco que sea siempre nació antes que tú. Aún así Felicidades por nacer después que yo.
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